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Víctor Alberto Gil Mallma, Picaflor de los Andes: entre la memoria afectiva y la historia documentada

Publicado: hace 2 horas

La figura de Víctor Alberto Gil Mallma, conocido artísticamente como Picaflor de los Andes, ocupa un lugar central en la historia de la música popular peruana de raíz andina. No solo por la relevancia de su obra musical, sino por la intensa vida social de su recuerdo. En torno a él circulan relatos, afectos y apropiaciones simbólicas que exceden largamente su biografía documentada. Este artículo propone una lectura que distingue cuidadosamente los hechos verificables de las memorias afectivas, no para jerarquizarlas, sino para comprender su coexistencia y sus lógicas propias.


Origen y lugar de nacimiento: el dato frente a la multiplicidad de recuerdos

En el imaginario popular, Picaflor de los Andes “nació” en distintos lugares: Tarma, Huanta, Huancayo o La Merced. Estas versiones forman parte de un proceso de apropiación simbólica extendida.

Nuestra investigación ha podido corroborar que Víctor Alberto Gil Mallma nació el 8 de abril de 1928 en la ciudad de Huancayo, en la casa de su tío materno Marcial, ubicada en el jirón Ayacucho, a espaldas de lo que hoy es el Instituto Continental. Fue hijo de Bernardo Gil y Francisca Mallma. No tuvo hermanos directos y fue criado principalmente por su tía Cirila, debido a la migración laboral de su madre a la ciudad de Perené y al temprano distanciamiento paterno.

Este dato ha sido negado por algunos, incluso contradiciendo el propio testimonio de Víctor Alberto, recogido en la contratapa de su disco Bodas de Plata, publicado en 1975, donde señala explícitamente:

             "Seguramente en este lugar entre las piraguas, jugando con otros chiuchis                 [chicos] a ashimay ashimay [juegos de las escondidas] o la paca paca                       [juegos de las chapadas], empecé a caminar al lado de mi madre, Doña                       Francisca Mallma, pegado a su faldillín o cotón [traje negro de manga cero,               que llegaba por debajo de las rodillas, tejido en balleta, usualmente                             empleado como parte del vestido del huaylas antiguo], ccalachaqui                             [descalzo] con mi pullo a la cintura (hualacha) [faja de tocuyo con la que se              envolvía a los niños, comúnmente conocido como jala siqui] con mi                            huachuco o faja, sin lulita mi camisa de tocuyo, con dos botones, sin cuello              y mi sombrero que me servía para cubrir mi cabeza o para recibir mi ración               de mote o de cancha, algunas veces para beber con ella las aguas de los                   puquiales del río Shullcas al final de Huanupata, sin desatinarme, sin                           desmerecerme, sin pensar que fui la víctima o el desheredado, esto lo                         comprobé después de 15 años (Partida No 114,315) VÍCTOR ALBERTO GIL               MALLMA 8 de Abril, calle Ayacucho S/N Huancayo.

La persistencia de versiones alternativas no responde a desconocimiento, sino a una lógica de territorialización afectiva: cada localidad que lo reclama no disputa un acta de nacimiento, sino una pertenencia simbólica.

A ello se suma un elemento material no menor: los registros documentales de la ciudad de Huancayo se incendiaron en 1930, lo que supuso la pérdida de toda la documentación civil anterior a esa fecha. Esta circunstancia explica la inexistencia de una partida de nacimiento formal y ha contribuido, en el tiempo, a la proliferación de versiones alternativas, reforzando la primacía de la memoria oral y afectiva en la reconstrucción de su biografía.

Infancia, educación y trabajo temprano

En los relatos orales, Picaflor aparece como un “muchacho de barrio”, trabajador incansable y figura cercana, cuya formación musical habría comenzado desde muy temprana edad, incluso en el seno familiar.

Los datos documentados muestran lo contrario. Cursó la primaria en la Escuela N° 518 de Huancayo, entonces ubicada en el jirón Cusco, y la secundaria en la Institución Educativa Emblemática Santa Isabel. Entre los 9 y 14 años vivió en Perené, donde estudió en una institución dirigida por misioneros franciscanos y trabajó en labores agrícolas. Desde muy joven realizó múltiples trabajos: ayudante familiar, mecánico de bicicletas, obrero en una fábrica de colchones y posteriormente agricultor, chofer y minero.

Estos elementos permiten comprender por qué su figura es recordada en múltiples localidades del centro del país: su movilidad laboral antecedió a su movilidad artística.

El inicio de la carrera musical: desmontando un mito

Es frecuente escuchar que Picaflor surgió “del canto ancestral del valle del Mantaro” o de una tradición familiar musical.

Sin embargo, su acercamiento a la música no se dio por herencia familiar ni por un entorno ritual andino, sino por la influencia del cine mexicano de las décadas de 1940 y 1950 y por la práctica urbana de las serenatas. Así lo señala Víctor Joo, reconocido fotógrafo huancaíno y testigo privilegiado de la historia local de la segunda mitad del siglo XX, además de amigo cercano de Víctor Alberto Gil Mallma.

Picaflor comenzó como guitarrista y luego como cantante, actividad que durante años combinó con trabajos no artísticos. En 1958, mientras trabajaba como concesionario en una mina ubicada en lo que hoy es el distrito de San Mateo (Huarochirí), se integró al grupo Los Picaflores de San Mateo, con quienes ganó el concurso radial Buscando Estrellas de Radio Excelsior. El premio consistió en la grabación de un LP para Discos Virrey, hecho que marcó su debut discográfico.


Consolidación artística y vida familiar

Las memorias populares suelen ubicarlo “viviendo” en diversos barrios limeños o provincias específicas.

No obstante, su establecimiento definitivo en Lima se dio a inicios de la década de 1960, cuando fue contratado como artista exclusivo por Discos Virrey, iniciando una carrera nacional como solista. Residió primero en viviendas alquiladas en La Victoria y El Agustino, y posteriormente adquirió una casa en San Juan de Miraflores, donde se estableció junto a su esposa Lidia Artica. Debido a las constantes giras, sus hijos nacieron en distintas ciudades del país.

Canciones como Barrio Piñonate generaron asociaciones territoriales erróneas: el tema no refiere a un lugar de residencia, sino a una anécdota personal vinculada a visitas frecuentes a una cevichería del distrito de San Martín de Porres.

Redes artísticas y sociabilidad musical

En la memoria colectiva, Picaflor aparece rodeado de figuras emblemáticas del huayno. En efecto, mantuvo vínculos personales y colaboraciones artísticas con intérpretes como Pastorita Huaracina, Princesita de Yungay y Flor de la Oroya, dentro de un circuito musical activo que contribuyó a consolidar el huayno como una expresión urbana y popular en la Lima de la década de 1960. Estas relaciones fortalecieron su presencia pública y explican la densidad de recuerdos compartidos en distintos territorios.


Enfermedad, muerte y rituales de despedida

Las versiones populares sobre su muerte son múltiples y, en muchos casos, contradictorias. Lo documentado indica que Víctor Alberto Gil Mallma padecía mielitis degenerativa. En 1975, tras sufrir una embolia cerebral durante una presentación en Tarma, fue trasladado a Huancayo, donde su estado se agravó tras recibir la noticia del accidente automovilístico sufrido por su hijo mayor. Ante ello, fue trasladado de emergencia a Lima.

Durante el viaje, al llegar a La Oroya, sufrió varios paros cardiorrespiratorios que obligaron su traslado al hospital de Chulec, donde falleció el 14 de julio de 1975.

Su velatorio se realizó en San Juan de Miraflores, Radio Agricultura y el Coliseo Nacional. Fue despedido públicamente —incluido un saludo del presidente Juan Velasco Alvarado— y enterrado en el cementerio El Ángel, en Lima.


Conclusión: el dato no cancela la memoria

La precisión biográfica no debilita las memorias afectivas; por el contrario, las vuelve inteligibles. Permite comprender con mayor claridad cómo y por qué la figura de Picaflor de los Andes es apropiada simbólicamente por distintas comunidades, sin confundir el plano del dato histórico con el del sentido social. Las comunidades no “recuerdan mal”: recuerdan desde el afecto, desde la experiencia vivida y desde la necesidad de inscribir al artista en su propio territorio emocional y cultural.

Picaflor de los Andes permanece vigente no solo por lo que fue en términos biográficos, sino por lo que representa en la memoria colectiva andina. Esa significación no es arbitraria: se construye en un espacio de tensión —a veces conflictivo, pero siempre productivo— entre la historia documentada y la memoria popular. Allí donde la historia fija fechas y lugares, la memoria activa vínculos, pertenencias y emociones compartidas.

Este proceso es plenamente comprensible y legítimo en el ámbito de la experiencia popular. Lo problemático surge cuando esta lógica es reproducida de manera acrítica en el campo académico, y algunos investigadores —por ausencia de trabajo de campo, debilidades metodológicas o desconocimiento del contexto social— reafirman como hechos históricos versiones erróneas, confundiendo memoria afectiva con evidencia empírica. En estos casos, el problema no reside en la memoria popular, sino en una práctica investigativa deficiente que renuncia a su responsabilidad analítica.


Si deseas conocer con mayor detalle la trayectoria vital de Picaflor de los Andes y profundizar en el análisis de las memorias afectivas y sus implicancias en la construcción biográfica, te invito a leer el artículo completo disponible en:

https://journals.continental.edu.pe/index.php/apuntes/article/view/956


Escrito por

Damiler Díaz Terán

Padre. Antropólogo. Hincha del Deportivo Municipal. Amante de leer todo sobre historia...


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